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Brujas en mi familia

Foto del escritor: Conectamos by Alicia
Conectamos by Alicia
hace 2 horas
18 min de lectura

En casi todas las familias mexicanas existe una historia que nadie sabe exactamente cuándo comenzó, pero que todos conocen. Una historia que se cuenta en voz baja durante las reuniones familiares, especialmente cuando llega octubre, las noches se vuelven más largas y el ambiente parece prestarse para recordar aquello que nuestras abuelas juraban haber visto. Puede ser la historia de una mujer que aparecía misteriosamente frente a una ventana, de una vecina que tenía la mirada demasiado fuerte, de una tía que aseguraba conocer a alguien capaz de hacer amarres o de aquella pariente que, según las malas lenguas, tenía poderes suficientes para arruinarle la vida a cualquiera que se atreviera a contradecirla. Lo curioso es que nadie estuvo presente cuando sucedieron los hechos, pero todos conocen a alguien que asegura que fueron verdaderos. Y si uno se atreve a preguntar cómo saben que aquella mujer era una bruja, siempre aparece la misma explicación. Porque mi abuela lo decía. Y en muchas familias mexicanas, cuando la abuela decía algo con suficiente autoridad, hasta la ciencia tenía que esperar su turno para opinar.


Crecimos escuchando historias que formaban parte de nuestra educación sentimental. Nos enseñaron a respetar a los mayores, a no desperdiciar la comida, a saludar cuando entrábamos a una casa y también a desconfiar de ciertas miradas. Había personas que podían hacernos daño simplemente por admirar demasiado nuestra ropa, nuestra casa o nuestros hijos. Si un bebé lloraba sin motivo aparente, alguien sugería inmediatamente que le habían echado mal de ojo. Si una pareja comenzaba a discutir, no faltaba quien sospechara que una tercera persona les había hecho un trabajo. Si un negocio fracasaba, seguramente alguien había enterrado algo frente a la puerta. Y cuando un matrimonio se separaba después de años de problemas, siempre aparecía una comadre dispuesta a asegurar que detrás de aquella desgracia había una mujer misteriosa, una fotografía escondida y unas cuantas veladoras.


Lo más interesante de estas historias no es solamente su contenido. Es la manera en que consiguieron viajar de una generación a otra sin necesitar pruebas. Bastaba con que alguien las contara con suficiente convencimiento para que se convirtieran en una verdad familiar. Los niños aprendíamos a escuchar sin cuestionar. Los adultos repetían lo que habían escuchado de sus padres y los abuelos transmitían conocimientos que, para ellos, formaban parte de una realidad incuestionable. Así fue como muchas supersticiones encontraron un lugar permanente en nuestra vida cotidiana. No llegaron necesariamente como grandes amenazas. Entraron disfrazadas de consejos, advertencias y expresiones de cariño. Ten cuidado con esa mujer. No le cuentes tus planes a cualquiera. No permitas que todos carguen al bebé. No recojas cosas extrañas de la calle. Y por si acaso, ponte algo rojo para que no te hagan daño.


Detrás de estas recomendaciones había algo profundamente humano. Nuestros antepasados vivieron en épocas en las que muchas enfermedades, accidentes y acontecimientos naturales no tenían explicaciones accesibles. Cuando una persona enfermaba repentinamente, cuando un niño presentaba fiebre o cuando una cosecha se perdía sin que nadie comprendiera la razón, resultaba natural buscar una causa. Y cuando la medicina no podía ofrecer respuestas suficientes, la imaginación, las creencias religiosas y las tradiciones populares llenaban los espacios vacíos. La brujería se convirtió en una manera de explicar lo inexplicable y, en ocasiones, de darle rostro a una desgracia que parecía no tener responsable.


Pero las historias sobre brujas no comenzaron en México ni pertenecen exclusivamente a nuestras abuelas. Han acompañado a distintas sociedades durante siglos. En numerosas culturas se atribuyeron enfermedades, muertes, malas cosechas y conflictos familiares a supuestos poderes sobrenaturales. En Europa, durante diferentes periodos, miles de personas fueron acusadas de practicar brujería y muchas terminaron perseguidas, encarceladas o ejecutadas. La historia demuestra que el miedo puede transformarse en una fuerza terriblemente peligrosa cuando una comunidad comienza a confundir sus sospechas con pruebas. Lo que para algunos era una explicación religiosa o sobrenatural, para otros podía significar perder su hogar, su reputación e incluso la vida.


En México, las creencias relacionadas con la brujería tienen una historia especialmente compleja. Antes de la llegada de los españoles existían diversas tradiciones indígenas vinculadas con la curación, los sueños, la naturaleza y las fuerzas espirituales. Con la colonización llegaron nuevas interpretaciones religiosas, imágenes del demonio y creencias europeas sobre hechizos y maleficios. Con el paso del tiempo muchas de estas ideas se mezclaron con prácticas locales, devociones populares y conocimientos tradicionales. De esa convivencia surgió un universo de relatos donde aparecen curanderos, limpias, amuletos, hechizos, nahuales y personas a quienes se atribuye la capacidad de provocar enfermedades o alterar el destino de otros.


Es importante comprender que no todas estas tradiciones significan lo mismo. La medicina tradicional indígena contiene conocimientos, prácticas culturales y formas de atención que merecen estudiarse con respeto. Algunas plantas utilizadas históricamente poseen sustancias con efectos farmacológicos que pueden investigarse científicamente, aunque eso no significa que todos sus usos sean eficaces o seguros. Los rituales también pueden tener significados comunitarios, religiosos y emocionales importantes. Otra cosa muy diferente es afirmar que una persona puede provocar una enfermedad mediante una mirada, controlar la voluntad de alguien con una fotografía o destruir un matrimonio enterrando un objeto. Estas afirmaciones requieren pruebas que no han sido demostradas mediante investigaciones científicas fiables.


Y aquí comienza la parte verdaderamente interesante de nuestra historia familiar. Porque una cosa es disfrutar las leyendas de nuestras abuelas y otra muy distinta es permitir que esas leyendas gobiernen nuestras decisiones.


Hay personas que han pasado buena parte de su vida convencidas de que alguien les hizo daño mediante un embrujo. Algunas recuerdan perfectamente el día en que comenzó su desgracia. Fue después de visitar a determinada pariente. Después de recibir un regalo extraño. Después de encontrar un objeto desconocido en el jardín. Después de que una vecina las mirara de una manera que les pareció sospechosa. Desde entonces, cualquier dificultad parece confirmar aquella creencia. Si enferman, es el embrujo. Si pierden dinero, es el embrujo. Si discuten con sus hijos, es el embrujo. Si no consiguen dormir, es el embrujo. Y si todo marcha bien durante una temporada, seguramente significa que la protección que compraron está funcionando.


La mente humana tiene una capacidad extraordinaria para encontrar relaciones entre acontecimientos. Esa habilidad nos ha permitido sobrevivir, aprender y anticipar peligros. Sin embargo, también puede llevarnos a interpretar como causas situaciones que simplemente ocurrieron cerca unas de otras. Si una persona encuentra una bolsa con objetos extraños frente a su casa y dos días después comienza a sentirse enferma, puede concluir que ambas cosas están relacionadas. Pero que un acontecimiento ocurra antes que otro no demuestra que lo haya provocado. La enfermedad podría tener una causa médica completamente independiente y la bolsa podría haber llegado allí por motivos que desconocemos.


Existe además un fenómeno psicológico conocido como sesgo de confirmación. Consiste en prestar mayor atención a la información que parece apoyar nuestras creencias y restar importancia a aquello que las contradice. Una persona convencida de que está embrujada puede recordar cada accidente, discusión o malestar que experimenta, mientras considera irrelevantes los días tranquilos, las buenas noticias y los acontecimientos positivos. Poco a poco comienza a construir una historia en la que todo parece estar conectado con la supuesta maldición. No necesariamente está mintiendo ni inventando deliberadamente sus experiencias. Puede estar interpretándolas a través de una creencia que modifica su manera de observar el mundo.


Y cuando el miedo se instala en nuestra mente, también puede instalarse en nuestro cuerpo.


Una persona que vive convencida de estar bajo una amenaza invisible puede experimentar ansiedad, insomnio, tensión muscular, palpitaciones, molestias digestivas y dificultades para concentrarse. Son síntomas reales que pueden tener múltiples causas, entre ellas el estrés sostenido. El problema comienza cuando esas mismas sensaciones se interpretan como nuevas pruebas del supuesto hechizo. La persona siente miedo porque cree estar embrujada y después considera que los efectos físicos de ese miedo demuestran que el embrujo existe. Así puede formarse un círculo difícil de romper.


La ciencia ha estudiado un fenómeno relacionado con estas experiencias que recibe el nombre de efecto nocebo. Ocurre cuando las expectativas negativas contribuyen a producir o intensificar síntomas desagradables. No significa que una persona pueda enfermar de cualquier cosa simplemente porque alguien se lo sugirió. Tampoco significa que todos los síntomas tengan un origen psicológico. Significa que nuestras expectativas y nuestro estado emocional pueden influir en cómo experimentamos determinadas sensaciones físicas. Una amenaza en la que creemos profundamente puede generar respuestas de estrés aunque no exista evidencia de que la amenaza sobrenatural sea real.


Imaginemos a una mujer que durante años ha escuchado que determinada vecina tiene poderes para hacer daño. Un día discuten y la vecina, enojada, le desea toda clase de desgracias. Desde ese momento la mujer comienza a vigilar cada sensación de su cuerpo. Si siente dolor de cabeza, recuerda la amenaza. Si duerme mal, piensa en la maldición. Si su automóvil presenta una falla mecánica, confirma sus sospechas. Su sufrimiento puede ser completamente auténtico. Lo que no está demostrado es que las palabras de la vecina hayan adquirido poderes sobrenaturales. La preocupación, en cambio, sí puede afectar su bienestar.


Esto nos lleva a una de las creencias más arraigadas en nuestras familias. El famoso mal de ojo.


¿Cuántas veces escuchamos que un bebé estaba inquieto porque alguien lo había mirado con demasiada admiración? Bastaba con que una visita alabara sus ojos, su cabello o sus mejillas para que alguna abuela recomendara protegerlo. En muchas regiones se acostumbraba colocarle una pulsera roja, un pequeño amuleto o algún objeto considerado protector. También existían rituales para retirar el supuesto mal, como pasar un huevo por el cuerpo mientras se pronunciaban oraciones. Después se rompía el huevo en un vaso de agua y se interpretaban sus formas como señales de la presencia de energías negativas.


Estas prácticas poseen una larga historia cultural y continúan siendo significativas para muchas familias. Pero desde el punto de vista científico no existe evidencia fiable de que una mirada pueda transmitir una fuerza sobrenatural capaz de enfermar a un niño o a un adulto. Tampoco se ha demostrado que las figuras formadas por un huevo dentro del agua permitan diagnosticar maleficios. La apariencia del huevo puede explicarse por las propiedades físicas de sus componentes y por las condiciones en que se manipula.


Un bebé puede llorar por hambre, sueño, cólicos, incomodidad, enfermedad o muchas otras razones. Si después de un ritual se tranquiliza, eso no demuestra necesariamente que tuviera mal de ojo. Tal vez fue alimentado, cargado, arrullado o simplemente llegó el momento en que dejó de llorar. El consuelo que proporciona una práctica familiar puede ser real sin que la explicación sobrenatural también lo sea. Lo importante es que ninguna creencia retrase la atención médica cuando existen señales de enfermedad, especialmente en niños pequeños.


Algo semejante ocurre con las famosas limpias. Para algunas personas representan una experiencia espiritual que les proporciona tranquilidad. El ambiente, las palabras de quien realiza el ritual, la atención recibida y la expectativa de sentirse mejor pueden contribuir a una sensación subjetiva de alivio. Pero sentirse más tranquilo después de una ceremonia no demuestra que se haya eliminado una energía maligna. La relajación, el acompañamiento y el significado personal de una experiencia pueden explicar parte de sus efectos sin necesidad de atribuirlos a poderes sobrenaturales.


El problema se vuelve mucho más serio cuando aparece alguien dispuesto a convertir el miedo en negocio.


En muchas comunidades existen personas que aseguran tener la capacidad de identificar maldiciones, descubrir enemigos ocultos y retirar hechizos a cambio de dinero. Algunas comienzan ofreciendo una consulta aparentemente inofensiva. Escuchan los problemas familiares, hacen preguntas generales y después anuncian que han encontrado la verdadera causa de todas las desgracias. Alguien cercano siente envidia. Una mujer ha realizado un trabajo. Existe una maldición heredada. La casa tiene una energía peligrosa. Y casualmente, quien acaba de descubrir el problema también conoce la solución, aunque no suele ser gratuita.


Primero solicitan dinero para una limpia. Después explican que el trabajo era más poderoso de lo esperado y necesitan otra ceremonia. Más adelante aparecen materiales especiales, objetos protectores, veladoras costosas o rituales adicionales. Si la persona duda, pueden advertirle que abandonar el proceso provocará consecuencias terribles. Y así, una preocupación que comenzó con un malestar cotidiano puede convertirse en una dependencia emocional y económica.


La situación resulta especialmente dolorosa cuando afecta a personas mayores que viven solas, atraviesan un duelo, enfrentan enfermedades o experimentan dificultades familiares. No porque cumplir cincuenta o sesenta años nos vuelva incapaces de pensar críticamente, sino porque las creencias aprendidas durante décadas pueden adquirir un significado especial en momentos de incertidumbre. Una persona que acaba de perder a su pareja puede sentirse vulnerable ante quien promete comunicarse con ella. Alguien preocupado por sus hijos puede entregar dinero a quien asegura poder protegerlos. Una persona enferma puede aferrarse a cualquier promesa de recuperación cuando siente que la medicina todavía no le ha dado las respuestas que necesita.


Los estafadores conocen el poder del miedo y de la esperanza. No necesitan demostrar que sus poderes existen. Les basta con convencer a sus víctimas de que existe un peligro invisible y de que solamente ellos pueden eliminarlo.


Y en algunas familias el daño no termina en el dinero. También puede destruir relaciones.


Cuando una persona está convencida de que alguien le hizo brujería, comienza a buscar culpables. A veces sospecha de una hermana con la que tuvo diferencias. Otras veces de una cuñada que nunca le simpatizó. También puede señalar a una vecina, una antigua pareja o una amiga que aparentemente conoce demasiados detalles de su vida. Una discusión que pudo resolverse mediante una conversación termina transformándose en una acusación imposible de demostrar. La persona acusada no tiene manera de probar que jamás realizó un supuesto hechizo porque la acusación no se basa en hechos verificables.


Así nacen enemistades que duran décadas. Familias que dejan de hablarse. Hermanos que se alejan. Abuelas que no permiten que determinados parientes visiten a sus nietos. Matrimonios que viven entre sospechas. Y todo puede comenzar con una frase pronunciada por alguien que asegura haber descubierto quién está detrás de la mala suerte.


Quizá todos conocemos alguna historia semejante. Aquella tía que dejó de visitar a su hermana porque alguien le aseguró que le tenía envidia. El matrimonio que culpaba a una antigua novia de todos sus problemas. La familia que encontró un objeto extraño en el patio y decidió que aquello explicaba años de dificultades económicas. Lo que comienza como una interpretación supersticiosa puede terminar convirtiéndose en una forma de violencia emocional.


Hay algo particularmente injusto en estas acusaciones. Históricamente muchas de las personas señaladas como brujas fueron mujeres que no encajaban en las expectativas de su comunidad. Mujeres independientes, viudas, curanderas, ancianas, pobres o simplemente consideradas diferentes. En ocasiones bastaba con que una mujer tuviera un carácter fuerte, viviera sola o fuera poco querida por sus vecinos para convertirse en objeto de sospechas. La historia de la brujería también es una historia sobre el miedo a quienes no comprendemos y sobre las consecuencias de convertir los prejuicios en acusaciones.


Por eso, cuando llega Halloween y vemos sombreros puntiagudos, escobas y calderos decorando las tiendas, vale la pena recordar que detrás de la imagen divertida de la bruja existe un pasado mucho menos inocente. La figura que hoy utilizamos para decorar nuestras casas fue, durante siglos, motivo de persecución real contra personas acusadas de delitos imaginarios o imposibles de comprobar.


Y aunque Halloween y el Día de Muertos se celebran en fechas cercanas, no debemos confundir sus significados. Halloween reúne tradiciones históricas diversas y en la actualidad tiene una importante dimensión festiva y comercial. El Día de Muertos mexicano, por su parte, es una celebración profundamente relacionada con la memoria, los vínculos familiares y el recuerdo de quienes han fallecido. Sus ofrendas, flores, alimentos y símbolos expresan formas culturales de honrar a los muertos. Para muchas familias también poseen un significado espiritual. Pero recordar a nuestros seres queridos mediante una ofrenda no es lo mismo que afirmar que alguien puede controlar la vida de otra persona mediante un hechizo.


Las tradiciones pueden acompañarnos sin convertirse en cadenas. Podemos disfrutar las historias de aparecidos que contaban nuestros abuelos, preparar una ofrenda, encender una vela por alguien que extrañamos o participar en celebraciones familiares sin renunciar a nuestro pensamiento crítico. La cultura no necesita desaparecer para que podamos distinguir entre una creencia, una experiencia personal y un hecho científicamente demostrado.


Hay una diferencia enorme entre respetar las creencias de una persona y permitir que esas creencias la hagan sufrir. Podemos escuchar con cariño a nuestra madre cuando recuerda las advertencias de su infancia. Podemos sonreír ante la tía que recomienda colocar una escoba detrás de la puerta para que una visita incómoda se marche pronto. Podemos conservar los amuletos que nos regaló nuestra abuela porque nos recuerdan su amor. Lo que no debemos hacer es permitir que alguien nos convenza de abandonar un tratamiento médico, entregar nuestros ahorros o romper una relación familiar porque supuestamente existe una maldición.


Y tal vez aquí debamos hacernos una pregunta incómoda. ¿Por qué seguimos creyendo en determinadas supersticiones incluso cuando tenemos acceso a información que permite cuestionarlas?


La respuesta no siempre tiene que ver con falta de educación. Las creencias profundamente arraigadas suelen estar relacionadas con nuestras emociones, nuestra identidad y nuestro sentido de pertenencia. Cuestionar algo que nuestra madre nos enseñó puede sentirse como una falta de respeto. Dejar de creer en una advertencia de nuestra abuela puede producir la sensación de estar rechazando una parte de nuestra historia. Y reconocer que hemos pasado años preocupándonos por una amenaza que nunca fue demostrada puede resultar doloroso.


A veces preferimos conservar una explicación conocida, aunque nos haga sufrir, antes que aceptar la incertidumbre.


Porque las supersticiones también ofrecen algo que resulta muy atractivo. Nos proporcionan la ilusión de tener respuestas. Si creemos que un hechizo provocó nuestros problemas económicos, podemos imaginar que otra persona tiene el poder de eliminarlo. Si pensamos que una maldición destruyó nuestro matrimonio, evitamos enfrentarnos a las dificultades que existían en la relación. Si atribuimos nuestros problemas de salud a una energía negativa, quizá dejamos de preguntarnos si necesitamos modificar hábitos o buscar atención médica.


No significa que todas las personas que creen en la brujería eviten sus responsabilidades. Significa que una explicación sobrenatural puede resultar emocionalmente más sencilla que reconocer que la vida está llena de acontecimientos complejos, decisiones difíciles y circunstancias que no siempre podemos controlar.


Después de los cincuenta esta reflexión adquiere un significado especial. Hemos vivido lo suficiente para comprender que no todo sale como lo planeamos. Hemos perdido seres queridos. Hemos experimentado decepciones. Algunos hemos enfrentado enfermedades, divorcios, problemas económicos o conflictos familiares. Y cuando acumulamos experiencias dolorosas podemos comenzar a buscar una explicación que les dé sentido.


Pero cumplir años también debería regalarnos una libertad extraordinaria. La libertad de cuestionar aquello que aprendimos sin necesidad de rechazar a quienes nos lo enseñaron. Podemos amar profundamente a nuestra abuela y reconocer que algunas de sus explicaciones no eran correctas. Podemos conservar nuestras tradiciones y comprender que una enfermedad necesita atención médica. Podemos respetar la espiritualidad de otras personas sin aceptar que alguien tenga poderes para controlar nuestro destino.


La madurez no consiste en creer todo lo que escuchamos durante nuestra infancia. Consiste también en desarrollar la capacidad de revisar nuestras creencias a la luz de nuevos conocimientos.


Y si todavía tenemos dudas, podemos comenzar con preguntas sencillas. ¿Existe alguna prueba verificable de que alguien me hizo daño mediante un hechizo? ¿Estoy relacionando acontecimientos que podrían tener causas independientes? ¿La persona que asegura conocer el origen de mis problemas obtiene dinero o poder sobre mí? ¿Esta creencia me está ayudando a vivir mejor o me mantiene permanentemente asustado? ¿Estoy tomando decisiones que perjudican mi salud, mis relaciones o mi tranquilidad?


No necesitamos burlarnos de quienes creen en estas cosas. La burla rara vez consigue que una persona abandone una convicción profunda. En ocasiones solamente provoca que se cierre más y busque refugio entre quienes comparten sus temores. Es mucho más útil escuchar, comprender de dónde viene la preocupación y acompañar a la persona a examinar explicaciones alternativas.


Si nuestra madre está convencida de que una vecina le hizo mal de ojo, podemos preguntarle qué ha estado sintiendo y desde cuándo. Si lleva semanas sin dormir, podemos ayudarla a buscar atención profesional. Si un familiar está entregando dinero a alguien que promete retirarle una maldición, podemos conversar sobre las señales de manipulación y ofrecerle apoyo para detener los pagos. Si una persona vive aterrorizada por supuestas amenazas sobrenaturales, podemos reconocer que su angustia es real sin confirmar que la amenaza también lo sea.


Cuando el miedo interfiere seriamente con el sueño, las relaciones o las actividades cotidianas, buscar apoyo psicológico o médico puede ser una decisión importante. Y cuando alguien amenaza, extorsiona o exige dinero para evitar un supuesto daño sobrenatural, el problema ya no pertenece al terreno de las leyendas familiares. Estamos frente a conductas que pueden constituir abuso o fraude y que merecen atención.


La investigación psicológica también nos ayuda a comprender por qué algunas experiencias parecen confirmar estas creencias. Estudios sobre el efecto nocebo muestran que las expectativas negativas pueden influir en la aparición o intensidad de determinados síntomas. Las investigaciones antropológicas documentan, por su parte, cómo las creencias sobre el mal de ojo se transmiten entre generaciones y comunidades. Estos hallazgos no demuestran que existan poderes sobrenaturales. Nos permiten comprender por qué una creencia puede sentirse tan verdadera para quien la experimenta y cómo llega a influir en su vida. 


[image](https://www.google.com/s2/favicons?domain=https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov\&sz=32)


PMC


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También debemos recordar que las acusaciones de brujería no son solamente historias antiguas. Investigaciones contemporáneas han documentado que en algunas comunidades del mundo todavía existen personas, especialmente mujeres mayores, que sufren exclusión, violencia y persecución después de ser acusadas de poseer poderes malignos. Esto nos recuerda que una superstición aparentemente inofensiva puede tener consecuencias profundamente reales cuando se utiliza para justificar el maltrato de otra persona. 


Y ahora que estamos entrando en la temporada de Halloween y nos preparamos para celebrar el Día de Muertos, quizá sea un buen momento para mirar nuestras tradiciones con una mezcla de cariño, curiosidad y sentido crítico. Podemos decorar nuestras casas con calabazas y brujitas. Podemos contar historias de miedo alrededor de una mesa. Podemos colocar flores de cempasúchil en una ofrenda y recordar a quienes nos enseñaron tantas cosas. La historia de nuestras celebraciones es rica y compleja, formada por tradiciones que han evolucionado durante siglos. 


Lo que no necesitamos conservar es el miedo como herencia.


Porque hay una diferencia entre recordar las historias de nuestras abuelas y vivir prisioneros de ellas. Una cosa es reírnos cuando alguien asegura que una mariposa negra anuncia una visita inesperada. Otra muy distinta es pasar la noche sin dormir porque encontramos una pluma frente a nuestra puerta. Una cosa es conservar una pulsera que nos regalaron con cariño. Otra es creer que nuestra seguridad depende de no quitárnosla jamás.


Y si hablamos de brujas dentro de la familia, quizá también convenga reconocer que muchas veces hemos utilizado esa palabra para describir a mujeres que simplemente no nos caen bien. La suegra que opina demasiado. La cuñada que critica todo. La vecina que siempre está pendiente de quién entra y quién sale. La tía que conoce los secretos de tres generaciones y tiene una memoria tan extraordinaria que podría trabajar para los servicios de inteligencia.


Tal vez algunas de ellas tengan un carácter difícil. Tal vez sean entrometidas, indiscretas o expertas en convertir una conversación familiar en un verdadero espectáculo. Pero para explicar esas conductas no necesitamos recurrir a fuerzas sobrenaturales. Basta con reconocer que las relaciones humanas pueden ser complicadas y que algunas personas necesitan aprender a respetar los límites de los demás.


Y aquí aparece una posibilidad mucho más útil que buscar protección contra un supuesto embrujo. Aprender a establecer límites.


Si alguien nos trata mal, podemos tomar distancia. Si una persona invade constantemente nuestra privacidad, podemos decirle que no estamos dispuestos a compartir determinada información. Si un familiar intenta manipularnos mediante amenazas, podemos buscar apoyo. Si una relación nos provoca sufrimiento, podemos examinar lo que está sucediendo y decidir qué necesitamos cambiar.


No hace falta una limpia para aprender a decir que no. No necesitamos un amuleto para alejarnos de una persona que nos lastima. Y ninguna veladora puede sustituir las conversaciones difíciles que a veces debemos tener para recuperar nuestra tranquilidad.


Quizá el verdadero poder que hemos buscado durante tantos años en objetos, rituales y promesas extraordinarias ha estado siempre en nuestra capacidad de pensar, decidir y actuar.


Eso no significa que podamos controlar todo lo que nos sucede. Nadie puede garantizar una vida libre de enfermedades, pérdidas o decepciones. Pero sí podemos evitar añadir a esas dificultades el sufrimiento de creer que alguien tiene un poder invisible sobre nosotros.


Imaginemos por un momento cuánto cambiaría la vida de una persona que lleva veinte años convencida de estar embrujada si un día comenzara a cuestionar esa idea. Tal vez podría volver a visitar a familiares de quienes se alejó por sospechas. Tal vez dejaría de gastar dinero en rituales que nunca terminan. Tal vez recuperaría la tranquilidad de dormir sin imaginar que alguien está preparando una nueva maldición. Tal vez descubriría que sus problemas tienen explicaciones más comunes y, en algunos casos, soluciones mucho más accesibles.


No sería necesario borrar sus recuerdos ni renunciar a las tradiciones que forman parte de su identidad. Bastaría con dejar de entregarles el control de su vida.


Porque al final, las historias de brujas pueden ser maravillosas cuando pertenecen a los libros, al cine o a las conversaciones familiares. Pueden hacernos reír, estremecernos y recordar aquellas noches en que escuchábamos fascinados a nuestros abuelos. Son parte de nuestro patrimonio narrativo y de esa extraordinaria capacidad humana para imaginar mundos que van más allá de lo cotidiano.


Pero una historia deja de ser entretenida cuando nos roba la paz. Cuando nos convence de desconfiar de todos. Cuando nos hace gastar dinero que necesitamos para vivir. Cuando nos impide buscar ayuda profesional. Cuando nos aleja de las personas que queremos.


Y tal vez por eso este octubre deberíamos atrevernos a hacer algo diferente. En lugar de preguntarnos quién nos está haciendo brujería, podríamos preguntarnos qué preocupaciones reales necesitamos atender. En lugar de buscar culpables invisibles, podríamos revisar nuestras decisiones. En lugar de vivir pendientes de las malas energías de los demás, podríamos dedicar más tiempo a construir relaciones saludables y a cuidar nuestra propia tranquilidad.


A estas alturas de la vida ya hemos sobrevivido a demasiadas cosas como para permitir que una superstición nos quite el sueño. Hemos enfrentado dificultades económicas, desilusiones amorosas, enfermedades, responsabilidades familiares y cambios que jamás imaginamos. Hemos aprendido a levantarnos después de experiencias que parecían imposibles de superar. No necesitamos añadir a esa lista el temor permanente de que alguien pueda destruir nuestra felicidad mediante una fotografía, un huevo o unas cuantas palabras pronunciadas a escondidas.


Y si alguna vez encontramos algo extraño frente a nuestra puerta, antes de pensar que una bruja nos declaró la guerra, quizá convenga revisar si el viento, algún animal o una persona tuvieron algo que ver.


A veces una escoba es solamente una escoba. Una vela es solamente una vela. Un huevo es solamente un huevo. Y una vecina con cara de pocos amigos puede ser simplemente una vecina que amaneció de mal humor.


La vida ya tiene suficientes misterios verdaderos como para inventarnos otros que nos hagan sufrir.


Conservemos las historias que nos unen. Recordemos con cariño a quienes nos las contaron. Celebremos nuestras tradiciones y disfrutemos las noches de octubre con todo su encanto. Pero aprendamos también a distinguir entre el valor cultural de una leyenda y la realidad de nuestras decisiones.


Porque quizá la maldición más dolorosa no sea la que alguien supuestamente nos lanzó hace muchos años, sino la que nosotros mismos continuamos alimentando cada vez que permitimos que el miedo decida por nosotros.


Y esa sí es una cadena que podemos comenzar a romper.


Después de todo, si algo deberíamos haber aprendido al llegar a los cincuenta o sesenta años es que nuestra paz vale demasiado como para dejarla en manos de una bruja imaginaria.


Conectamos by Alicia.

 
 
 

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