La Verdad en la Sombra de la Opinión:
- Conectamos by Alicia

- 17 sept 2024
- 3 Min. de lectura
El Peso de Creerlo Todo
En una ciudad de costumbres arraigadas, vivía Alejandro, un hombre de 55 años que desde joven había mostrado una fuerte inclinación por la política y las discusiones sociales. Proveniente de una familia tradicional y con una formación Chapada a la antigua, Alejandro creció convencido de que el mundo funcionaba bajo ciertos ideales que no debían cambiar. Sin embargo, el país había comenzado a transformar sus estructuras políticas y sociales, generando movimientos y cambios que, lejos de parecerle progresos, a Alejandro le resultaban retrocesos peligrosos.
Para él, lo que muchos celebraban como avances, como mayor equidad, derechos sociales o reformas económicas, eran simplemente el reflejo de una dictadura en potencia. Cada vez que alguien a su alrededor intentaba hablar de los beneficios de los nuevos cambios, Alejandro estaba ahí, listo para contradecirlos y exponer sus argumentos, los cuales siempre creía infalibles. Sus opiniones, tajantes y apasionadas, se habían convertido en una constante en las reuniones familiares, en los encuentros con amigos, y hasta en la oficina. Sus hijos, esposa y compañeros de trabajo habían aprendido a evitar ciertos temas de conversación, pues sabían que cualquier comentario sobre política desencadenaría una diatriba interminable.
Su esposa, Lucía, había sido la más afectada. Después de años de vivir bajo el mismo techo, comenzó a darse cuenta de que sus debates, inicialmente motivados por el intercambio de ideas, se habían vuelto una fuente de tensión y desgaste. Ya no había espacio para el diálogo; todo se había convertido en un monólogo interminable donde Alejandro siempre debía tener la última palabra, y cualquier intento de réplica era visto como una traición a sus principios. Lucía, al igual que el resto de la familia, había llegado al límite.
Alejandro, sin darse cuenta, comenzó a aislarse. Sus amigos, cansados de las constantes discusiones, empezaron a dejar de invitarlo a reuniones, mientras sus hijos optaban por no visitarlo tanto como antes. La situación escaló hasta el punto en que incluso su lugar de trabajo se tornó incómodo; sus compañeros evitaban almorzar con él para no tener que lidiar con sus intensos debates políticos.
Pero Alejandro no entendía el por qué de este distanciamiento. ¿Acaso no tenía la razón? ¿No era su deber abrirle los ojos a los demás, hacerles ver las fallas de un sistema que él creía corrupto y dictatorial? Para él, el silencio de los demás no era un indicativo de cansancio o de rechazo, sino de ignorancia.
Un día, después de una fuerte discusión con Lucía, ella decidió hablarle claro: “Alejandro, no todo es blanco o negro. Todos tenemos derecho a tener una opinión, pero no puedes imponer la tuya sobre los demás como si fuera la única verdad. Estás perdiendo a las personas que te rodean por tu necesidad de tener siempre la razón”.
Estas palabras resonaron en la mente de Alejandro. Por primera vez, se dio cuenta de que su afán por convencer a los demás lo había alejado de las personas que más le importaban. Reflexionó sobre cómo había dejado que sus opiniones políticas dominaran cada aspecto de su vida, hasta el punto de volverse una carga para su familia y amigos.
Reflexión:
La historia de Alejandro nos invita a reflexionar sobre el peso de nuestras opiniones y cómo, al imponerlas sobre los demás, podemos perder el contacto con quienes nos rodean. Creer que tenemos la verdad absoluta nos aleja de la capacidad de aprender de otros y de respetar sus puntos de vista. En un mundo lleno de voces, es importante saber cuándo hablar y cuándo escuchar, y sobre todo, aprender que no siempre es necesario ganar una discusión para tener razón.
Consejo:
La clave para evitar conflictos es aprender a escuchar sin juzgar y recordar que cada persona tiene una historia y una perspectiva distinta. No se trata de ceder, sino de convivir en armonía, respetando las diferencias y construyendo puentes en lugar de levantar barreras.








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