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Me di cuenta de que soy más libre de lo que imaginaba

  • Foto del escritor: Conectamos by Alicia
    Conectamos by Alicia
  • hace 3 días
  • 4 min de lectura

El valor de tener salud, libertad y plenitud


A veces necesitamos viajar miles de kilómetros para descubrir algo que siempre estuvo con nosotros. Nos alejamos de nuestra rutina, de nuestro hogar, de nuestras costumbres y de aquello que consideramos normal, solo para darnos cuenta de que lo más valioso no estaba en el destino, sino en nosotros mismos.


Durante mucho tiempo vivimos ocupados persiguiendo cosas. Queremos más tiempo, más dinero, más reconocimiento, más oportunidades. Pensamos constantemente en aquello que nos falta y rara vez nos detenemos a observar todo aquello que ya tenemos. Y es precisamente cuando salimos de nuestro entorno habitual cuando comenzamos a ver nuestra propia vida desde otra perspectiva.


Viajar tiene algo extraordinario. Nos pone a prueba. Nos obliga a caminar más, a adaptarnos a nuevos horarios, a probar alimentos diferentes, a movernos en lugares desconocidos y a salir de nuestra zona de confort. Y es justamente ahí, lejos de casa, donde muchas veces descubrimos de qué estamos hechos.


Durante este viaje comprendí algo muy importante. Me di cuenta de que soy más libre de lo que imaginaba.


No hablo únicamente de la libertad de tomar un avión o visitar otros países. Hablo de una libertad mucho más profunda. La libertad de que mi cuerpo todavía me acompaña. La libertad de caminar durante horas. La libertad de adaptarme a otros entornos. La libertad de moverme sin depender completamente de medicamentos, de limitaciones o de circunstancias que muchas veces terminan condicionando la vida de otras personas.


Mientras observaba a personas de mi misma edad, o incluso más jóvenes, me di cuenta de que muchos viven atados al cansancio, a las enfermedades, a las restricciones o a una dependencia constante que les impide disfrutar plenamente ciertas experiencias. Y no se trata de comparar vidas ni de juzgar situaciones. Cada persona libra sus propias batallas. Se trata de reconocer algo que muchas veces damos por sentado: el enorme privilegio que representa tener salud, energía y autonomía.


La Organización Mundial de la Salud habla del envejecimiento saludable como la capacidad de mantener nuestras funciones físicas, mentales y emocionales para seguir haciendo aquello que valoramos. Y quizá eso es precisamente lo que muchas veces olvidamos valorar. No solamente vivir más años, sino vivirlos con calidad, con movilidad, con independencia y con la capacidad de seguir disfrutando.


Durante años he procurado llevar una vida equilibrada. No perfecta, porque la perfección no existe, pero sí consciente. Aprender a escuchar mi cuerpo, mantener cierta disciplina, cuidar mi salud, procurar mi bienestar emocional y buscar el equilibrio en diferentes áreas de mi vida. Y aunque muchas veces esos esfuerzos parecen pequeños o incluso pasan desapercibidos, llega un momento donde comienzan a dar frutos.


A cierta edad uno empieza a comprender que las decisiones que tomamos durante años terminan construyendo la persona que somos hoy. Los hábitos, las rutinas, los cuidados y la manera en que enfrentamos la vida se convierten en una especie de ahorro invisible que un día podemos utilizar.


Y entonces aparece una sensación muy especial: la gratitud.


La gratitud de despertar con energía. La gratitud de caminar sin dificultad. La gratitud de descubrir nuevos lugares. La gratitud de sentir que todavía podemos sorprendernos, emocionarnos y disfrutar.


A veces creemos que la libertad consiste únicamente en hacer lo que queremos. Sin embargo, la verdadera libertad también significa que nuestro cuerpo nos permita hacerlo. Que nuestra mente nos acompañe. Que nuestras emociones se mantengan equilibradas. Que la salud siga siendo una aliada y no una limitación.


Vivimos en una sociedad que muchas veces pone el valor en aquello que se puede comprar, mostrar o acumular. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que uno de los mayores patrimonios que podemos construir es nuestra salud física y emocional.


Cuando tenemos salud, muchas posibilidades permanecen abiertas.


Cuando conservamos nuestra movilidad, el mundo sigue siendo accesible.


Cuando mantenemos nuestra independencia, conservamos también nuestra libertad.


Y cuando somos capaces de adaptarnos a diferentes escenarios, descubrimos que todavía podemos seguir creciendo, aprendiendo y disfrutando.


Viajar también nos enseña a observar. Nos permite ver otras realidades, otras culturas y otras formas de vivir. Pero en ocasiones, la enseñanza más importante no está afuera. Está dentro de nosotros.


Nos damos cuenta de que todavía somos fuertes.


Nos damos cuenta de que aún podemos.


Nos damos cuenta de que aquello que considerábamos normal quizá era un enorme privilegio.


Y eso cambia nuestra perspectiva.


Porque dejamos de enfocarnos únicamente en lo que nos falta y comenzamos a valorar aquello que sí tenemos.


No se trata de ignorar las dificultades ni de negar que el paso del tiempo trae cambios. Todos envejecemos. Todos atravesamos etapas diferentes. Pero sí podemos elegir la manera en que llegamos a ellas.


Podemos elegir cuidarnos.


Podemos elegir movernos.


Podemos elegir alimentarnos mejor.


Podemos elegir descansar.


Podemos elegir trabajar también en nuestra salud emocional.


Y sobre todo, podemos elegir agradecer.


La gratitud tiene la capacidad de transformar la forma en que vemos nuestra vida. Nos permite dejar de mirar solamente las ausencias y comenzar a reconocer las abundancias.


Quizá por eso este viaje me regaló una de las lecciones más importantes de los últimos años.


Descubrí que soy más libre de lo que imaginaba.


Que todavía puedo caminar, aprender, moverme, adaptarme y disfrutar.


Que todavía tengo la capacidad de sorprenderme.


Que todavía puedo salir de mi zona de confort.


Que todavía puedo construir nuevos recuerdos.


Y que muchas veces aquello que más anhelamos ya vive dentro de nosotros.


Si hoy puedes caminar, agradece.


Si hoy puedes viajar, agradece.


Si hoy puedes decidir, agradecer.


Si hoy tu cuerpo todavía te acompaña, agradece.


Si hoy tienes energía para seguir soñando, agradece.


Porque quizá la verdadera abundancia no está en lo que acumulamos, sino en aquello que todavía podemos hacer.


Y tal vez la mayor riqueza no sea todo lo que poseemos, sino la libertad que aún conservamos para seguir viviendo plenamente.


Porque a veces la vida nos lleva muy lejos solamente para enseñarnos algo que siempre estuvo cerca: que somos más fuertes, más libres y más afortunados de lo que imaginábamos.


 
 
 

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