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Dulce o truco

Foto del escritor: Conectamos by Alicia
Conectamos by Alicia
hace 6 horas
21 min de lectura

Hay una edad en la vida en la que Halloween comienza a parecernos una celebración que pertenece a los demás. Vemos escaparates llenos de calabazas, telarañas artificiales, esqueletos sonrientes y disfraces que desafían cualquier explicación lógica. Observamos a los jóvenes organizando fiestas, a los niños emocionados por sus dulces y a los vecinos convirtiendo sus jardines en pequeños cementerios. Y mientras todo eso sucede, algunos de nosotros permanecemos cómodamente instalados en nuestro sillón, mirando aquel espectáculo con una mezcla de curiosidad, nostalgia y cierta superioridad que solamente conceden los años. Porque, naturalmente, a nuestra edad ya estamos para cosas serias. Para pagar impuestos, cuidar el colesterol, discutir sobre el precio de los alimentos y recordar con una precisión extraordinaria cuánto costaba un litro de leche hace treinta años. Pero ¿disfrazarnos de vampiros, bailar con una bruja o pasar una noche haciendo travesuras? Por favor, qué ocurrencias. Aunque, si somos sinceros, quizá lo verdaderamente aterrador no sea Halloween, sino descubrir que un buen día comenzamos a comportarnos como si la diversión tuviera fecha de vencimiento.

Hay algo fascinante en la manera en que cambiamos nuestra relación con las celebraciones conforme cumplimos años. Cuando somos pequeños, esperamos las fiestas con impaciencia. Durante la juventud, cualquier pretexto parece suficiente para reunirnos, vestirnos de manera extravagante y regresar a casa con anécdotas que probablemente jamás contaremos completas. Después llegan las responsabilidades, los hijos, el trabajo, las preocupaciones económicas y esa interminable lista de obligaciones que poco a poco comienza a ocupar los espacios que antes reservábamos para divertirnos. Sin darnos cuenta, algunas celebraciones dejan de ser experiencias que vivimos y se convierten en acontecimientos que simplemente observamos. Halloween es un ejemplo perfecto. De pronto somos quienes compran los dulces, abren la puerta, toman fotografías y comentan lo ingeniosos que son los disfraces ajenos. Pero ¿en qué momento decidimos que nuestra participación tenía que terminar allí?

Octubre llega cada año con una invitación que muchos adultos mayores de cincuenta y cinco años no siempre sabemos cómo interpretar. Para algunos, Halloween es una celebración alegre, creativa y completamente inofensiva. Para otros, representa una costumbre extranjera que ha desplazado tradiciones familiares. Hay quienes lo relacionan con creencias religiosas que prefieren no compartir y quienes sencillamente consideran que ya no tienen edad para esas cosas. También están los que disfrutan secretamente de todo el espectáculo, pero jamás lo admitirían delante de sus amistades. Son capaces de pasar veinte minutos contemplando un disfraz extraordinario y después asegurar que esas fiestas son puras tonterías. Y no falta quien critique las decoraciones del vecino mientras se asoma discretamente por la ventana para descubrir qué novedades colocó este año.

Tal vez Halloween nos provoque tantas opiniones diferentes porque no se trata solamente de una fiesta. También es un espejo de nuestras costumbres, nuestros recuerdos, nuestros prejuicios y nuestra manera de entender el paso del tiempo. Nos obliga, aunque sea por una noche, a decidir cuánto espacio estamos dispuestos a concederle a la imaginación. Y la imaginación, cuando llevamos décadas comportándonos responsablemente, puede resultar más desafiante de lo que parece.

Para comprender esta celebración conviene recordar que Halloween no nació simplemente como una estrategia comercial para vender disfraces y chocolates. Sus antecedentes incluyen antiguas tradiciones estacionales asociadas con Samhain, celebraciones cristianas relacionadas con la víspera de Todos los Santos y costumbres populares que fueron transformándose a lo largo de los siglos. Su expresión contemporánea, especialmente en Estados Unidos, incorporó fiestas comunitarias, disfraces, decoraciones, relatos de miedo y la costumbre de pedir dulces. Como sucede con muchas celebraciones, Halloween es el resultado de una larga mezcla de tradiciones, influencias culturales y cambios sociales. Lo que hoy vemos en las tiendas no representa necesariamente lo mismo que significaba para quienes participaron en sus antecedentes históricos.

En nuestras comunidades mexicanas y mexicoamericanas, la conversación adquiere un matiz todavía más interesante porque Halloween convive con el Día de Muertos. Y aunque las fechas se encuentran muy próximas, sus historias y significados no son idénticos. El Día de Muertos constituye una tradición profundamente vinculada con el recuerdo de quienes han fallecido, las ofrendas familiares, las flores de cempasúchil, los alimentos, las fotografías y las distintas formas de mantener vivos los vínculos afectivos mediante la memoria. Halloween, en cambio, suele tener actualmente un carácter más festivo, lúdico y comercial, aunque también conserva elementos simbólicos relacionados con la muerte, lo sobrenatural y el cambio de estación.

No necesitamos enfrentar una celebración contra la otra para reconocer el valor de ambas. Podemos honrar profundamente a nuestros muertos y, al mismo tiempo, disfrutar una fiesta de disfraces. Podemos preparar una ofrenda con todo el respeto que merece nuestra historia familiar y colocar una calabaza iluminada junto a la puerta. Las tradiciones no siempre compiten; muchas veces conviven, se transforman y adquieren significados diferentes dentro de una misma familia. Lo importante es comprender qué estamos celebrando y decidir conscientemente cómo deseamos participar.

Sin embargo, para algunas personas Halloween despierta preocupaciones que van mucho más allá de la decoración. Existen familias que lo consideran incompatible con sus convicciones religiosas. Otras sienten incomodidad ante imágenes de demonios, brujas, cementerios o representaciones de la muerte. Esas opiniones merecen escucharse con respeto. No todas las personas tienen que disfrutar las mismas fiestas ni participar en actividades que contradigan sus valores. La libertad de celebrar también incluye la libertad de no hacerlo.

Pero respetar una convicción no significa convertirla en una obligación para todos los demás. Una familia puede decidir que no desea participar en Halloween sin condenar a quienes sí lo disfrutan. Del mismo modo, quienes organizan fiestas pueden comprender que algunos amigos prefieran no asistir. La convivencia adulta exige reconocer que nuestras creencias personales no tienen que convertirse en reglas universales. A los cincuenta, sesenta o setenta años deberíamos haber aprendido que no necesitamos estar de acuerdo en todo para tratarnos con afecto.

Y después están los prejuicios que no tienen demasiado que ver con la religión ni con las tradiciones, sino con algo mucho más cotidiano: la edad.

¿Cuántas veces hemos escuchado que una persona ya está demasiado grande para determinadas actividades? Demasiado grande para bailar. Demasiado grande para enamorarse. Demasiado grande para usar ropa llamativa. Demasiado grande para viajar sin compañía. Demasiado grande para comenzar una nueva relación. Demasiado grande para hacer el ridículo. Y, por supuesto, demasiado grande para disfrazarse en Halloween.

Lo curioso es que rara vez podemos explicar quién estableció esas prohibiciones. No existe una autoridad universal que determine que a los cincuenta y cinco años debemos entregar nuestros disfraces, guardar los zapatos de baile y dedicarnos exclusivamente a actividades consideradas respetables. Sin embargo, muchas personas comienzan a imponerse esas limitaciones como si fueran leyes naturales. Se preocupan por lo que dirán los vecinos, por las opiniones de sus hijos adultos o por las miradas de quienes consideran que la madurez debe expresarse mediante una seriedad permanente.

Pero madurar no debería significar perder la capacidad de jugar. De hecho, quizá uno de los grandes privilegios de llegar a esta etapa sea descubrir que tenemos menos razones para vivir pendientes de la aprobación ajena. Ya conocemos nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Hemos cometido errores, sobrevivido a situaciones difíciles y aprendido que la opinión de los demás no siempre merece tanto espacio en nuestras decisiones. Si después de todo ese recorrido todavía nos preocupa que alguien se ría porque decidimos vestirnos de Morticia, de vampiro elegante o de una bruja extraordinariamente sofisticada, tal vez Halloween nos esté ofreciendo una oportunidad maravillosa para practicar algo que nunca pasa de moda: la libertad de ser nosotros mismos.

Y seamos sinceros, a estas alturas contamos con ciertas ventajas para interpretar personajes de terror. No necesitamos demasiados efectos especiales para representar a alguien que lleva tres noches durmiendo mal. Podemos hacer una interpretación extraordinaria de una persona perseguida por las cuentas del banco. Y si queremos representar a alguien que ha visto cosas verdaderamente espantosas, basta con recordar la última factura del seguro médico. La experiencia nos proporciona un repertorio dramático que ningún curso de actuación podría igualar.

Pero más allá de las bromas, existe una reflexión importante. Cuando dejamos de participar en actividades que nos producen alegría únicamente porque creemos que ya no corresponden a nuestra edad, comenzamos a reducir voluntariamente nuestro mundo. Dejamos de aceptar invitaciones, evitamos experiencias nuevas y nos convencemos de que nuestra vida debe ser cada vez más pequeña. No sucede de un día para otro. Comienza con una fiesta que rechazamos, una reunión a la que no asistimos y una actividad que dejamos para los jóvenes. Con el tiempo, la costumbre de quedarnos fuera puede parecer más cómoda que la posibilidad de volver a participar.

La vida social, sin embargo, sigue siendo importante durante todas las etapas de la adultez. Mantener amistades, compartir actividades, conservar vínculos familiares y encontrar espacios de pertenencia puede contribuir a nuestro bienestar emocional. Las investigaciones sobre envejecimiento saludable han identificado asociaciones importantes entre las relaciones sociales y distintos aspectos de la salud. Esto no significa que asistir a una fiesta de Halloween vaya a prolongarnos la vida ni que bailar disfrazados constituya un tratamiento médico. Significa que las oportunidades de convivencia, disfrute y conexión humana tienen un valor que no deberíamos despreciar.

Y Halloween puede convertirse en una excusa extraordinaria para recuperar precisamente eso.

Imaginemos una reunión de amigos donde nadie tenga que preocuparse por aparentar veinte años menos. Una fiesta donde los disfraces se elijan por creatividad y sentido del humor, no por competir con fotografías retocadas. Donde alguien llegue vestido de Drácula, otra persona de una diva cinematográfica y una pareja decida representar a dos personajes famosos de su juventud. Una reunión con música que todos reconozcan, comida deliciosa, conversaciones interminables y fotografías que dentro de algunos años nos hagan sonreír.

No necesitamos convertir la celebración en una producción gigantesca ni gastar cantidades absurdas de dinero. A veces basta con invitar a unas cuantas personas, preparar algo especial, decorar un rincón de la casa y proponer que todos lleven un detalle divertido. Un sombrero extravagante, una capa negra, un maquillaje sencillo o un accesorio inesperado pueden transformar completamente el ambiente. Y si alguien insiste en que no le gustan los disfraces, siempre puede llegar vestido de sí mismo y asegurar que representa a una persona responsable que jamás se divierte. Probablemente será uno de los personajes más convincentes de la noche.

Lo verdaderamente importante no es el disfraz. Es la disposición de participar.

También podemos aprovechar Halloween para recuperar algo que con frecuencia dejamos olvidado entre las responsabilidades: nuestra capacidad de reírnos de nosotros mismos. Durante la juventud solemos preocuparnos mucho por nuestra apariencia. Queremos vernos atractivos, interesantes y admirables. Con los años, algunas personas descubren que una buena carcajada compartida vale bastante más que una fotografía perfecta. La risa no resuelve todos nuestros problemas ni sustituye la atención profesional cuando la necesitamos, pero puede hacer más agradable una reunión, aliviar momentáneamente la tensión y recordarnos que no todas las experiencias necesitan tener un propósito solemne.

Halloween nos permite exagerar, inventar personajes y jugar con situaciones absurdas. Podemos convertirnos durante unas horas en alguien completamente diferente o, mejor todavía, representar con humor aquello que conocemos demasiado bien. Una mujer podría llegar vestida como la reina de las reuniones familiares, cargando una libreta donde anota todos los secretos de sus parientes. Un hombre podría aparecer como el fantasma de las oportunidades perdidas, lamentándose dramáticamente por cada viaje que pospuso. Y alguien particularmente creativo podría disfrazarse de la persona más temida de cualquier hogar: el técnico que llega a revisar el aire acondicionado y anuncia que será necesario cambiar toda la unidad.

Pero no todos viven esta temporada rodeados de amistades y familiares. Para algunas personas, octubre llega acompañado de una sensación de soledad que se vuelve más evidente cuando observan a los demás preparando reuniones. Hay quienes enviudaron, se divorciaron, viven lejos de sus hijos o simplemente han visto reducirse su círculo social con el paso de los años. Las celebraciones pueden despertar recuerdos hermosos, pero también hacernos conscientes de las ausencias.

Y aquí conviene hablar con especial sensibilidad. No todas las personas que viven solas se sienten solitarias. Muchas disfrutan profundamente de su independencia y prefieren celebrar a su manera. Pero cuando alguien desea compañía y no la encuentra, las fechas festivas pueden intensificar esa necesidad de conexión.

Tal vez una de las decisiones más valiosas que podemos tomar sea dejar de esperar siempre a que alguien nos invite. Si deseamos participar, podemos dar el primer paso. Preguntar a un familiar si habrá una reunión. Proponer una cena sencilla. Acercarnos a una actividad comunitaria. Organizar una tarde de películas de misterio con amistades. Invitar a un vecino a compartir café y pan dulce. Buscar actividades en centros comunitarios, bibliotecas, asociaciones o grupos de nuestra localidad.

No todas las iniciativas producirán resultados inmediatos y no todas las personas tendrán las mismas posibilidades de salir o desplazarse. Pero recuperar la iniciativa puede abrir oportunidades que no aparecerían si permanecemos esperando a que los demás adivinen nuestras ganas de convivir.

Y quienes tenemos familiares mayores también podemos hacer algo muy sencillo: incluirlos de verdad.

No solamente pedirles que cuiden a los niños mientras todos los demás salen a divertirse. No invitarlos únicamente para que preparen la comida o vigilen que nadie toque las decoraciones. Incluirlos significa preguntarles qué les gustaría hacer, considerar sus preferencias y permitir que participen de una manera que les resulte agradable. Quizá la abuela quiera disfrazarse. Quizá el abuelo tenga una historia de miedo extraordinaria que nadie le ha pedido contar. Quizá esa tía aparentemente seria sea la primera en levantarse a bailar cuando escuche una canción que le recuerde sus mejores años.

A veces subestimamos la disposición de las personas mayores para divertirse porque confundimos la edad con la falta de interés. Y otras veces somos nosotros mismos quienes alimentamos esa idea al rechazar cualquier invitación antes de considerar si realmente nos gustaría asistir.

Halloween puede ser una oportunidad para reunir generaciones que normalmente comparten espacios, pero no siempre experiencias. Los nietos pueden descubrir que sus abuelos tienen un sentido del humor inesperado. Los hijos adultos pueden ver a sus padres fuera de los papeles tradicionales de autoridad y responsabilidad. Y quienes ya hemos cumplido varias décadas podemos recordar que todavía tenemos mucho que aportar a una celebración, además de consejos y advertencias sobre la hora de regresar a casa.

Y hay algo que merece especial atención. No estamos hablando de una fantasía sobre adultos mayores que supuestamente deberían salir a divertirse más. Las encuestas muestran una diferencia real entre generaciones. Una investigación de AP-NORC realizada en Estados Unidos durante octubre de 2025 encontró que los adultos de sesenta años en adelante participaban menos que las generaciones jóvenes en actividades como disfrazarse, asistir a fiestas de Halloween o ver películas de terror. Una encuesta de Bizrate Insights realizada en octubre de 2026 encontró que, entre sus participantes de cincuenta a sesenta y cuatro años, decorar la casa y repartir dulces eran actividades más frecuentes que organizar fiestas. Estos resultados no explican por sí solos las motivaciones de cada persona, pero sí muestran algo interesante: con la edad, la celebración tiende a desplazarse hacia el papel de anfitrión u observador.

¿Y por qué no cambiar un poco esa historia? ¿Por qué no ser, además de quienes reciben a los demás, quienes también disfrutan de la fiesta?

Hay personas que consideran que Halloween se ha vuelto excesivamente comercial. Y tienen motivos para sentirse incómodas ante la presión de comprar disfraces nuevos, decorar toda la casa y organizar celebraciones cada vez más costosas. La publicidad puede hacernos creer que una fiesta solamente merece la pena si parece diseñada para una revista. Pero la alegría no necesita presupuestos extraordinarios. Una cena sencilla, una playlist de canciones inolvidables, unas velas decorativas colocadas con seguridad y un grupo de personas con ganas de conversar pueden resultar mucho más memorables que una celebración carísima donde todos pasan la noche pendientes de sus teléfonos.

De hecho, una de las ventajas de haber llegado a la madurez es que conocemos mejor aquello que realmente disfrutamos. Si las fiestas multitudinarias nos cansan, podemos organizar algo íntimo. Si no nos gustan las películas de terror, podemos elegir una comedia de misterio. Si los disfraces elaborados nos resultan incómodos, podemos utilizar ropa que ya tenemos y agregar un detalle especial. Si preferimos una reunión tranquila, podemos disfrutarla sin sentir que estamos incumpliendo alguna obligación festiva.

La diversión no debería convertirse en otra exigencia.

También conviene recordar que muchas de nuestras mejores celebraciones no fueron perfectas. La música falló, alguien olvidó llevar el postre, la comida quedó demasiado picante y algún invitado apareció con un disfraz tan extraño que nadie consiguió identificarlo. Sin embargo, años después recordamos precisamente esas situaciones con una sonrisa. Lo que permanece no es la perfección de la decoración, sino las emociones compartidas.

Tal vez por eso Halloween resulta especialmente atractivo cuando dejamos de verlo como una fiesta infantil y comenzamos a interpretarlo como una oportunidad para romper la rutina. Durante una noche podemos abandonar el personaje responsable que interpretamos el resto del año. La mujer que siempre tiene todo organizado puede permitirse ser traviesa. El hombre que nunca baila puede sorprender a sus amigos. La pareja que lleva décadas cenando frente al televisor puede decidir que esa noche merece algo diferente.

Y aquí es donde nuestra historia comienza a ponerse verdaderamente interesante.

Porque hemos hablado de tradiciones, prejuicios, amistades, familia y soledad, pero existe un tema que muchas personas maduras prefieren tratar con demasiada discreción: el romance, la coquetería y el placer de seguir sintiéndonos atractivos.

¿Quién decidió que Halloween solamente debía ofrecer dulces a los niños y sustos a los adultos? ¿Por qué no recuperar el famoso dulce o truco y darle una interpretación un poquito más atrevida?

Imaginemos a una pareja que lleva veinte, treinta o cuarenta años compartiendo su vida. Se conocen perfectamente. Saben quién deja la luz encendida, quién pierde las llaves, quién controla el aire acondicionado y quién insiste en guardar recipientes de plástico que jamás encuentran su respectiva tapa. Han atravesado momentos extraordinarios y otros bastante complicados. Se quieren, se acompañan y se respetan, pero tal vez hace tiempo que dejaron de sorprenderse.

Las conversaciones giran alrededor de los hijos, los nietos, las cuentas, las citas médicas y las responsabilidades domésticas. Las muestras de cariño continúan existiendo, pero la espontaneidad puede haberse escondido detrás de la rutina. Y aunque nadie lo diga abiertamente, quizá ambos extrañan aquella época en la que una mirada traviesa bastaba para anunciar que la noche podía ponerse interesante.

Pues bien, Halloween puede ofrecerles una excusa deliciosa para recuperar ese juego.

No hace falta disfrazarse de personajes extravagantes ni organizar una representación teatral digna de Broadway. Basta con un poco de imaginación, complicidad y disposición para reírse juntos. Uno puede preparar una cena especial mientras el otro se encarga de elegir la música. Pueden vestirse de negro, encender una iluminación cálida, preparar su postre favorito y acordar que durante unas horas quedan suspendidas las conversaciones sobre facturas, reparaciones de la casa y compromisos familiares.

Y entonces comienza el juego.

Dulce o truco.

Si alguien elige dulce, puede recibir un beso inesperado, un abrazo largo, un masaje en los hombros, un cumplido sincero o una invitación a bailar una canción que recuerde sus primeros encuentros. Si elige truco, deberá aceptar un pequeño desafío romántico, siempre que ambos estén cómodos y de acuerdo. Tal vez contar qué fue lo primero que le atrajo de su pareja. Recordar una cita especialmente divertida. Repetir aquella frase con la que intentó conquistarla. O confesar qué gesto cotidiano todavía consigue enamorarlo.

Y para quienes disfrutan de un poquito más de picardía, las posibilidades son maravillosas.

Una mujer podría acercarse a su marido con una sonrisa misteriosa y preguntarle si prefiere un chocolate o un beso. Él, naturalmente, podría responder que ambas cosas, porque después de tantos años de matrimonio uno aprende a no desperdiciar oportunidades. Ella podría anunciarle que el truco consiste en bailar juntos sin mirar el reloj. Él podría ofrecerle un masaje como recompensa por aceptar una cita improvisada. Y quizá terminen descubriendo que el verdadero misterio de la noche es cómo consiguieron pasar tantos meses sin regalarse un momento semejante.

También pueden convertir el juego en una pequeña aventura doméstica. Esconder notas románticas por la casa, preparar una caja con recuerdos de sus primeros años, elegir fotografías antiguas y recordar las historias que las acompañan. Pueden intercambiar tarjetas con propuestas sencillas, algunas tiernas y otras ligeramente atrevidas, siempre respetando los gustos y límites de cada uno. La idea no es competir ni demostrar nada. Es recuperar la emoción de compartir algo inesperado.

Porque la intimidad no desaparece automáticamente cuando cumplimos cincuenta, sesenta o setenta años. Las relaciones afectivas y la sexualidad pueden seguir formando parte importante de nuestra vida durante la madurez, aunque cambien nuestros cuerpos, nuestras circunstancias y nuestras necesidades. Para algunas parejas la cercanía física continúa siendo fundamental. Para otras adquieren mayor importancia las caricias, la conversación, la ternura o la compañía. No existe una única manera correcta de vivir el romance.

Lo verdaderamente importante es no asumir que el deseo de sentirnos queridos, admirados o deseados debe desaparecer porque nuestro calendario acumula cumpleaños.

Y si uno de los dos no tiene ganas de jugar, tampoco sucede ninguna tragedia. La complicidad se construye mediante invitaciones, no mediante obligaciones. El consentimiento, el respeto y la comodidad mutua siguen siendo indispensables a cualquier edad. Una propuesta romántica debería despertar una sonrisa, nunca convertirse en una presión.

Quizá el mayor atractivo de este dulce o truco para adultos no sea su contenido atrevido, sino la oportunidad de mirarnos nuevamente como pareja y no solamente como compañeros de responsabilidades.

A veces necesitamos recordar que antes de ser padres, abuelos, trabajadores, cuidadores o administradores de una casa, fuimos dos personas que encontraron algo especial la una en la otra. Y esa historia merece seguir escribiéndose.

Hay matrimonios que llevan tantos años juntos que prácticamente pueden anticipar lo que el otro va a decir. Eso puede ser maravilloso, pero también puede convertirse en una invitación a dejar de preguntar. Creemos conocer todos sus gustos, todos sus pensamientos y todas sus respuestas. Olvidamos que las personas continuamos cambiando y que siempre podemos descubrir algo nuevo en quien duerme a nuestro lado.

Una noche de Halloween puede ser el pretexto perfecto para volver a conversar como cuando nos estábamos conociendo. Preguntarnos qué sueños todavía queremos cumplir. Qué viaje nos gustaría hacer. Qué aventura nunca nos hemos atrevido a intentar. Qué recuerdo nos sigue provocando mariposas en el estómago. Y si entre pregunta y pregunta aparece una mirada cómplice, una caricia o un beso prolongado, mucho mejor. Al fin y al cabo, nadie ha establecido que las mariposas tengan prohibido volar después de los sesenta.

Pero tampoco debemos olvidar a quienes no están en pareja.

Porque el dulce o truco de la vida no pertenece exclusivamente a los enamorados. Una persona soltera, divorciada o viuda también puede disfrutar esta temporada con plenitud. Puede organizar una cena con amistades, aceptar una invitación, conocer gente nueva, asistir a una celebración o simplemente regalarse una experiencia agradable. No necesita encontrar pareja para justificar su derecho a divertirse.

A veces, después de una separación o de la pérdida de un compañero de vida, volver a disfrutar puede despertar sentimientos contradictorios. Algunas personas experimentan culpa al reírse, bailar o participar en una celebración. Sienten que la alegría podría interpretarse como una falta de respeto hacia alguien que ya no está. Pero conservar el amor y la memoria de una persona no exige renunciar para siempre a los momentos felices.

Podemos extrañar profundamente a alguien y aun así permitirnos sonreír. Podemos recordar una historia compartida y, al mismo tiempo, comenzar a construir otras nuevas. La vida emocional no funciona como una puerta que debe permanecer cerrada después de una pérdida. Cada persona necesita su propio tiempo, pero nadie debería sentirse obligado a vivir permanentemente en la tristeza para demostrar cuánto amó.

Y si este Halloween encontramos a alguien que estará solo, quizá podamos regalarle algo más valioso que una bolsa de dulces. Una invitación sincera.

No una invitación por compromiso, sino una oportunidad real de participar. Preguntarle si le gustaría acompañarnos, ofrecerle transporte cuando sea posible, incluirlo en las conversaciones y hacerlo sentir parte de la celebración. En ocasiones un gesto sencillo puede cambiar por completo la experiencia de una fecha especial.

El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos recomienda mantener vínculos sociales y participar en actividades significativas, incluyendo encuentros con familiares, amistades y grupos comunitarios. La investigación distingue además entre vivir solo y sentirse solo, dos experiencias que no necesariamente coinciden. Lo importante no es imponer compañía a quien disfruta su independencia, sino facilitar oportunidades de conexión a quien las desea.

Y quizá también deberíamos revisar otra costumbre que aparece con frecuencia en las reuniones de adultos maduros: convertir cualquier encuentro en una competencia de achaques.

Todos conocemos esa conversación que comienza con un comentario inocente sobre el clima y termina convirtiéndose en un congreso internacional de dolores de rodilla, problemas de espalda y medicamentos. Alguien menciona que durmió mal y otro responde que lleva tres meses sin descansar. Una persona comenta que le duele un hombro y aparece inmediatamente quien asegura que su dolor es mucho peor. Antes de que llegue el postre, todos conocen los resultados de los análisis clínicos de los demás.

Hablar de nuestra salud es importante, especialmente cuando necesitamos apoyo. Pero también merecemos conversaciones que nos recuerden todo lo que somos además de nuestras preocupaciones. Podemos compartir música, recuerdos, proyectos, viajes, películas, libros, historias familiares y sueños pendientes. Podemos permitir que una noche festiva nos devuelva temporalmente a temas que despierten nuestra curiosidad y entusiasmo.

Y si alguien insiste en que Halloween es una celebración demasiado juvenil, podríamos preguntarle con una sonrisa qué tiene de malo conservar un poquito de juventud en el espíritu.

Porque la edad no debería medirse solamente por los años que hemos vivido, sino también por nuestra disposición a seguir experimentando cosas nuevas.

Hay otro aspecto de Halloween que pocas veces reconocemos: su capacidad para recordarnos que la vida también necesita momentos extraordinarios dentro de lo cotidiano. No extraordinarios porque sean caros, lujosos o espectaculares, sino porque interrumpen esa sucesión de días que a veces parecen idénticos. Despertamos, cumplimos nuestras obligaciones, resolvemos problemas, preparamos alimentos, revisamos mensajes y volvemos a dormir. Las semanas transcurren con una rapidez desconcertante y, cuando queremos darnos cuenta, otro año está llegando a su final.

Las celebraciones nos ofrecen pequeñas pausas en ese recorrido. Nos invitan a marcar una fecha, preparar algo diferente y construir recuerdos. No importa demasiado si elegimos Halloween, el Día de Muertos, una reunión familiar o cualquier otra ocasión significativa. Lo importante es reconocer que la alegría también merece un lugar en nuestra agenda.

Y eso es algo que deberíamos defender especialmente después de los cincuenta y cinco años.

Porque durante mucho tiempo hemos aprendido a posponer nuestros deseos. Primero había que terminar los estudios. Después conseguir trabajo. Más adelante comprar una casa, criar a los hijos, pagar compromisos y resolver las necesidades de todos los demás. Nos acostumbramos a pensar que habría tiempo para nosotros cuando las circunstancias fueran más favorables. Pero la vida tiene una manera curiosa de mantenernos ocupados. Siempre aparece una nueva responsabilidad, una preocupación inesperada o alguien que necesita nuestra ayuda.

Si esperamos a que todo esté perfectamente resuelto para permitirnos disfrutar, corremos el riesgo de convertir la felicidad en una promesa que nunca llega.

Por eso me gusta imaginar un Halloween diferente. Uno donde nadie tenga que demostrar que sigue siendo joven, porque la juventud no es el requisito para participar. Donde las personas maduras puedan disfrazarse sin sentirse ridículas, bailar sin preocuparse por las miradas ajenas y celebrar sin necesidad de pedir permiso a sus propios prejuicios.

Un Halloween donde las parejas recuperen un poco de coquetería. Donde los amigos vuelvan a reunirse. Donde quienes viven solos encuentren oportunidades para compartir si así lo desean. Donde las familias comprendan que los abuelos no son solamente espectadores de la diversión, sino personas con historias, ocurrencias, deseos y un extraordinario sentido del humor que todavía merece salir a pasear.

También imagino a quienes prefieren no celebrar Halloween viviendo esa decisión con tranquilidad, sin sentirse obligados a participar ni necesitados de condenar a quienes lo hacen. Porque la verdadera madurez consiste, entre otras cosas, en reconocer que podemos elegir caminos diferentes sin perder el respeto.

Y ahora que octubre está por despedirse, quisiera proponer algo que va mucho más allá de una noche de disfraces.

Preguntémonos cuándo fue la última vez que hicimos algo simplemente porque nos parecía divertido. Cuándo fue la última vez que aceptamos una invitación sin pensar primero en todas las razones para rechazarla. Cuándo sorprendimos a nuestra pareja con un gesto inesperado. Cuándo nos reímos hasta que nos dolió el estómago. Cuándo dejamos de preocuparnos por parecer personas respetables y nos permitimos ser personas felices.

Tal vez descubramos que ha pasado demasiado tiempo.

Si es así, no necesitamos esperar otro año para cambiarlo. Podemos comenzar esta misma semana. Buscar una actividad que nos entusiasme, llamar a una amistad, preparar una cena especial o atrevernos a hacer aquello que llevamos meses posponiendo. Podemos sacar del armario esa prenda que nos encanta, pero que nunca encontramos ocasión para utilizar. Podemos recuperar una canción, una receta, una fotografía o un recuerdo que nos haga sentir nuevamente conectados con nosotros mismos.

Y si tenemos pareja, quizá sea el momento perfecto para acercarnos con una sonrisa traviesa y preguntarle qué prefiere esta noche, dulce o truco.

Quién sabe. Tal vez descubramos que todavía quedan muchas sorpresas escondidas detrás de tantos años de convivencia. Que una cena puede convertirse en una cita romántica. Que una canción antigua todavía consigue acelerar el corazón. Que un beso inesperado puede hacernos sonreír como adolescentes. Y que la complicidad no desaparece con las canas, las arrugas ni los cumpleaños.

Después de todo, hemos pasado demasiados años aprendiendo a ser responsables como para olvidar que también tenemos derecho a ser un poquito traviesos.

Y si alguien nos pregunta si no estamos demasiado grandes para esas cosas, podemos responder con una sonrisa que precisamente porque hemos vivido tanto sabemos reconocer una buena oportunidad cuando se presenta.

Halloween nos habla de fantasmas, pero quizá uno de los fantasmas más persistentes de la madurez sea el miedo al qué dirán. Nos habla de máscaras, pero muchas veces la máscara que más nos pesa es aquella seriedad que adoptamos para cumplir con las expectativas ajenas. Nos habla de monstruos, pero uno de los más peligrosos puede ser esa voz interior que insiste en convencernos de que nuestros mejores momentos ya quedaron atrás.

Y nos habla de trucos, aunque quizá el peor truco que podríamos hacernos a nosotros mismos sería creer que la vida dejó de ofrecernos razones para celebrar.

Por eso este año, cuando veamos las calabazas iluminadas, las decoraciones misteriosas y las calles llenas de entusiasmo, no pensemos inmediatamente que todo eso pertenece a otra generación. Pensemos que todavía podemos encontrar nuestro propio lugar dentro de la celebración, si así lo deseamos.

Podemos ser los anfitriones, los invitados, los bailarines, los narradores de historias, los enamorados, los amigos que organizan la reunión o simplemente quienes deciden disfrutar una noche diferente.

Y si al final terminamos con los pies cansados, el maquillaje un poquito corrido, algunas fotografías comprometedoras y una anécdota que nuestros hijos jamás imaginaron escuchar, quizá podamos considerar que la celebración fue todo un éxito.

Porque las mejores fiestas no siempre son aquellas que salen exactamente como las planeamos. Son las que nos dejan una historia para contar, una sonrisa que recordar y la sensación de haber vivido algo que merecía la pena.

Al final, dulce o truco es mucho más que una expresión de Halloween. Puede convertirse en una manera divertida de recordar que la vida continúa ofreciéndonos elecciones. Podemos quedarnos atrapados en la rutina o permitirnos una sorpresa. Podemos alimentar nuestros prejuicios o abrir espacio a nuevas experiencias. Podemos pasar otra noche lamentando el tiempo que se fue o aprovechar el que todavía tenemos por delante.

Y cuando llegue el momento de apagar las luces, guardar los disfraces y despedir a nuestros invitados, ojalá descubramos que el verdadero regalo de esta celebración no estaba dentro de una bolsa de caramelos ni escondido detrás de una máscara.

Estaba en aquella conversación que necesitábamos tener. En el abrazo de un familiar. En la risa compartida con los amigos. En la valentía de aceptar una invitación. En el placer de volver a bailar. En la mirada cómplice de nuestra pareja. En la decisión de no permitir que la edad nos arrebate las ganas de disfrutar.

Porque cada celebración, cuando la vivimos con el corazón abierto, puede dejarnos un excelente sabor de boca.

Y si además termina con un beso inesperado, una travesura romántica o una historia que nos haga reír durante los próximos veinte años, muchísimo mejor.

Así que este Halloween no te preguntes si todavía tienes edad para divertirte. Pregúntate qué estás esperando para hacerlo.

Que los fantasmas se queden con sus cadenas, las brujas con sus escobas y los vampiros con sus colmillos.

Nosotros todavía tenemos una vida maravillosa que seguir disfrutando.

Y a estas alturas, si alguien toca a nuestra puerta y nos pregunta qué preferimos, dulce o truco, quizá podamos responder con esa picardía que los años no deberían quitarnos jamás.

Depende de quién lo esté ofreciendo.

Conectamos by Alicia.

 
 
 

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