top of page

No me ves fuerte porque no me duela… me ves fuerte porque decidí seguir viviendo.

  • Foto del escritor: Conectamos by Alicia
    Conectamos by Alicia
  • hace 3 horas
  • 6 min de lectura

Hay frases que llegan a nuestra vida sin hacer ruido, pero que terminan convirtiéndose en una gran reflexión.


Hace unos días, mientras conversaba con unas personas, alguien me dijo con toda la naturalidad del mundo:


—Alicia, pero si te ves muy bien… ¿no que estabas enferma?


Le sonreí.


No porque la pregunta me pareciera extraña, sino porque comprendí que esa persona estaba viendo exactamente lo que yo quería que viera: una mujer con ganas de vivir.


Lo que no podía ver era el dolor en mi hombro.


Lo que no podía imaginar era que cada movimiento tenía un costo. Que levantar un brazo, cargar una bolsa o incluso dormir se había convertido en algo incómodo. Tampoco sabía que esa lesión era la consecuencia de una etapa muy difícil en mi vida, cuando mi hija sufrió un accidente y, como cualquier madre lo habría hecho, me olvidé por completo de mí para convertirme en su apoyo.


La ayudé a levantarse.


La sostuve cuando no podía caminar.


La acompañé en cada consulta médica.


Empujé su silla de ruedas.


La cargué cuando fue necesario.


En ese momento nunca pensé en mi cuerpo. Nunca pensé en el esfuerzo que estaba haciendo. Solo pensaba en ella.


Meses después, cuando todo comenzó a regresar poco a poco a la normalidad, mi cuerpo decidió recordarme que también necesitaba ser escuchado.


Y ahí apareció el dolor.


Uno de esos dolores que no se ven.


Que no hacen ruido.


Que no aparecen en una fotografía.


Que no cambian el color de tu ropa.


Pero que están ahí todos los días.


Sin embargo, descubrí algo muy curioso.


Muchas personas esperan que el dolor tenga una apariencia.


Parece que si alguien está enfermo debe verse cansado, despeinado, triste o derrotado para que los demás crean que realmente está pasando por un momento difícil.


Como si la fortaleza tuviera que esconderse y el sufrimiento tuviera que anunciarse.


Y yo pienso exactamente lo contrario.


Durante el viaje del que les hablé en mi blog anterior tuve una experiencia muy especial.


Mientras caminaba por calles desconocidas, visitaba lugares increíbles y recorría kilómetros disfrutando cada momento, me di cuenta de algo que me llenó profundamente de gratitud.


Todavía tenía energía.


Todavía podía caminar largas distancias.


Todavía podía subir escaleras.


Todavía conservaba esa curiosidad que me ha acompañado toda la vida.


Observé personas mucho más jóvenes que necesitaban descansar constantemente. Algunas preferían quedarse sentadas mientras los demás seguíamos explorando. Otras simplemente ya no tenían el entusiasmo de descubrir algo nuevo.


Y entonces pensé en algo que quizá muchas veces damos por hecho.


La salud no significa ausencia de problemas.


La salud también es la capacidad de seguir disfrutando la vida mientras cuidamos nuestro cuerpo.


Ese viaje me hizo sentir profundamente agradecida.


Pero también me enseñó que el tiempo deja huellas.


Los años pasan.


Nuestro cuerpo cambia.


Nuestra energía cambia.


Las prioridades cambian.


Y eso no tiene absolutamente nada de malo.


Envejecer nunca ha sido mi preocupación.


Mi verdadera preocupación sería dejar de vivir antes de tiempo.


Porque hay personas que tienen treinta años y ya dejaron de ilusionarse.


Hay personas de cuarenta que ya dejaron de soñar.


Hay personas de cincuenta que sienten que todo terminó.


Y también existen personas de setenta u ochenta años que siguen despertando con ganas de aprender algo nuevo, de conocer un lugar diferente, de iniciar un proyecto o simplemente de compartir un café con alguien que aman.


La edad no siempre determina la vitalidad.


Muchas veces la determina la actitud.


Con los años he aprendido que nuestro cuerpo merece ser cuidado con respeto.


Cuando algo duele, debemos atenderlo.


Cuando aparece una lesión, debemos buscar ayuda.


Cuando necesitamos descansar, debemos hacerlo.


Eso no nos hace débiles.


Nos hace responsables.


Lo que sí puede debilitarnos es permitir que ese dolor se convierta en el centro de toda nuestra existencia.


Hay una enorme diferencia entre cuidar una lesión y vivir alrededor de ella.


Hay personas que, sin darse cuenta, terminan presentándose ante el mundo a través de sus enfermedades.


Cada conversación gira alrededor del dolor.


Cada encuentro termina hablando de medicamentos.


Cada llamada telefónica concluye describiendo un nuevo síntoma.


Y poco a poco dejan de hablar de sus sueños, de sus proyectos, de sus ilusiones.


Es como si la enfermedad hubiera ocupado el lugar de su identidad.


Yo no quiero eso para mi vida.


No porque niegue lo que siento.


No porque quiera aparentar que todo está perfecto.


Simplemente porque mi lesión es una parte de mí.


No es toda mi vida.


Existe una diferencia enorme entre aparentar estar bien y hacer todo lo posible por sentirte bien.


Y esa diferencia cambió completamente mi manera de enfrentar las dificultades.


Yo no me arreglo para que las personas crean que estoy sana.


Me arreglo porque quiero sentirme bien conmigo.


No sonrío para convencer al mundo de que no tengo problemas.


Sonrío porque una buena actitud también alimenta el alma.


No salgo de casa para demostrar que soy fuerte.


Salgo porque la vida sigue ocurriendo allá afuera.


Porque todavía quiero conocer lugares.


Quiero abrazar personas.


Quiero leer libros.


Quiero escribir.


Quiero viajar.


Quiero trabajar.


Quiero reír.


Quiero seguir construyendo recuerdos.


Si espero a que todo sea perfecto para vivir, probablemente nunca empezaré.


Y creo que muchas personas necesitamos escuchar eso.


Vivimos esperando el momento ideal.


“Cuando deje de doler.”


“Cuando tenga dinero.”


“Cuando termine este problema.”


“Cuando pase esta etapa.”


Pero la vida casi nunca espera.


La vida sigue avanzando.


Y nosotros decidimos si caminamos junto con ella o nos quedamos detenidos mirando lo que pudo haber sido.


He conocido personas que enfrentan enfermedades mucho más difíciles que la mía y, aun así, transmiten una paz admirable.


No porque no sufran.


Sino porque decidieron que cada día sigue siendo un regalo.


También he conocido personas completamente sanas que viven permanentemente enojadas con la vida.


Eso me hizo comprender que el bienestar no depende únicamente del cuerpo.


También nace en la forma en que elegimos mirar cada mañana.


No quiero que estas palabras se interpreten como una invitación a ignorar el dolor.


Al contrario.


Nuestro cuerpo habla.


Y debemos escucharlo.


Hay que acudir al médico.


Hay que hacer terapia cuando es necesaria.


Hay que descansar cuando el cuerpo lo pide.


Hay que aceptar ayuda cuando la necesitamos.


Cuidarnos también es una forma de amor propio.


Lo que intento decir es algo mucho más sencillo.


No permitas que una dificultad decida quién eres.


No entregues tu identidad a un diagnóstico.


No conviertas una lesión en el personaje principal de tu historia.


Porque tú eres mucho más que eso.


Eres la madre que sigue abrazando.


El padre que continúa trabajando.


La hija que nunca deja de sonreír.


El abuelo que todavía cuenta historias.


La amiga que siempre encuentra tiempo para escuchar.


El ser humano que todavía tiene sueños por cumplir.


Nuestro valor nunca dependerá de lo fuerte que parezca nuestro cuerpo.


Dependerá de la fuerza con la que decidamos levantarnos cada vez que la vida nos ponga una nueva prueba.


Hoy sigo atendiendo mi hombro.


Sigo aprendiendo a respetar los límites de mi cuerpo.


Sigo agradeciendo todo lo que todavía puedo hacer.


Y sigo creyendo que cada mañana merece ser vivida con entusiasmo.


Porque entendí que arreglarme, sonreír y salir a enfrentar el día no significa negar el dolor.


Significa recordarme que todavía tengo demasiadas razones para vivir.


Tal vez mañana mi hombro siga molestando.


Tal vez el proceso de recuperación tome más tiempo del que quisiera.


Tal vez aparezcan nuevos retos, porque así es la vida.


Pero mientras Dios me regale un nuevo amanecer, también me regalará una nueva oportunidad para seguir adelante.


Y eso es suficiente.


Así que, la próxima vez que veas a alguien sonriendo, no des por hecho que su vida es perfecta.


Quizá está atravesando una batalla que tú no alcanzas a imaginar.


Y si eres tú quien hoy está viviendo un momento difícil, recuerda esto:


No necesitas demostrarle al mundo cuánto te duele para que tu dolor sea real.


Solo necesitas darte la oportunidad de seguir viviendo con esperanza.


Porque la verdadera fortaleza no consiste en caminar sin heridas.


La verdadera fortaleza consiste en levantarte cada mañana, cuidar de ti, agradecer lo que todavía tienes y decidir que, aunque el camino sea difícil, todavía vale la pena recorrerlo.


Porque al final, no me ves fuerte porque no me duela… me ves fuerte porque decidí seguir viviendo.


 
 
 

Comentarios


¡Gracias por suscribirte!

© 2022 Todos los derechos reservados conectamos by alicia / desing buro10

  • Instagram - Círculo Blanco
  • Facebook - círculo blanco
  • Twitter - círculo blanco
  • YouTube - círculo blanco
  • Tik Tok
bottom of page